“Slow Food”: una nueva forma de abordar la salud pública

blogfood600x340-01Slow Food o “Comida Lenta” es un movimiento global que actualmente abarca a más de 160 países alrededor del mundo; sus principios y objetivos representan una alternativa para resolver uno de los mayores retos nuestra época, la salud pública.

Desde hace 20 años los costarricenses padecemos y morimos de las mismas enfermedades: enfermedades cardiovasculares relacionadas con la obesidad, la hipertensión y diabetes, u otras enfermedades no transmisibles (ENT), como el cáncer. Todas ellas asociadas a una mala alimentación y a estilos de vida poco saludables.

Estas enfermedades son la primera causa de muerte en el país y afectan la calidad de vida de muchas personas. Sólo el padecimiento de males cardiacos se puede perder un 10% de los años de vida saludable.

De forma paralela, el Estado invierte un 9,9 del Producto Interno Bruto (PIB) en salud y una cantidad significativa de recursos se dirigen a atender este tipo de problemas. Según el Análisis de la Situación de la Salud en Costa Rica del año 2014, elaborado por Ministerio de Salud, representa un 10% del presupuesto del seguro de salud.

Así mismo con una estructura poblacional que tiende al envejecimiento y con una expectativa de vida de casi 80 años, los impactos negativos a largo plazo en el sistema de salud no son una duda. La inversión en tratamientos y medicamentos en un área, indudablemente resultan en detrimento de los esfuerzos y recursos dirigidos otras áreas de la salud pública. Es decir las decisiones individuales de cada una de las personas atendidas afectarán a la colectividad que recibe los servicios de la seguridad social.

De acuerdo con datos del Hospital Nacional de Geriatría y Gerontología, se estima que un 30% de los pacientes que atienden sufren de alteraciones nutricionales u obesidad. Si a esto se le suma que en la actualidad entre 3 o 4 de cada 10 costarricenses mayores de 20 años de edad son hipertensos, y que un 42% de las personas tienen cifras elevadas de colesterol, el panorama no es muy alentador.

Para hacer frente a las principales causas de estos males, políticos, productores y consumidores pueden hallar un punto de encuentro en Slow food, donde la inversión no se hace en medicamentos —que actualmente es de más S1300 al año por persona—, sino en la construcción de entornos de consumo saludables, educación ciudadana y en investigación.

La prevención se convierte en un eje fundamental de trabajo, en el cual la propuesta de Slow Food puede aportar elementos importantes.

Una respuesta a la crisis

Desde la aparición de la producción masiva de bienes de consumo el “fast food “, los alimentos estandarizados con múltiples ingredientes incompresibles y desconocidos para el consumidor, menos tiempo para preparar los alimentos, y aún menos tiempo para consumirlos, se han incorporado en nuestros estilos de vida, cambiando el rol de la alimentación en la sociedad y generado una serie de consecuencias negativas para la salud de las personas.

Bajo la propuesta de Slow Food, tomar conciencia sobre origen de los alimentos, rescatar la producción y tradiciones locales, proteger las variedades vegetales y las especies, disfrutar el momento de sentarse a comer y hacer un uso responsable de los recursos, son algunas de las formas darle más importancia a la alimentación en nuestras vidas.

La propuesta promueve un modelo de producción a pequeña escala, sostenible y local, sin embargo, vivir en las ciudades no es una limitante para asumir un rol activo en la selección de los productos que se consumen y promover redes de intercambio de productos saludables. Esta tendencia sugiere que el rol del consumidor es muy importante, pues debe informarse de lo que consume y del impacto de sus decisiones en las lógicas de producción alimentaria y en las vidas de los productores, lo que lo convierte en un coproductor.

¿Qué compro?, ¿Qué contiene lo que compro?, ¿Dónde lo compro?, y ¿Qué impacto tiene en los demás y en el entorno? son la guía básica de todo coproductor. Productos buenos, justos con el productor y que no dañan el medio ambiente son la respuesta a esa vida “fast life” que ha generado hábitos alimenticios poco saludables.

Si bien este es un movimiento que cuestiona en diferentes ámbitos el sistema de producción actual y busca impactar varios aspectos de nuestras sociedades; como agricultura, educación, manejo de los recursos naturales, producción local, entre otros; su potencial para transformar malos hábitos en estilos de vida saludable puede ser un punto de encuentro entre el movimiento y una política pública sobre salud en el país.

“La salud es un bien común. La salud de un individuo es parte de un sistema de interdependencia, parte de la salud de una comunidad y de su capacidad de cuidar de su propio territorio, de sí misma, de su propio futuro”, señala la Guía de asociación internacional de Slow Food .